DÍA 2 · TRIESTE

1 feb 2013

Madrugamos después de una noche de sueño interrumpido por el frío y continuamos el viaje sin saber cómo acabaría el día, si tendríamos coche o si haríamos el trayecto hasta Dubrovnik entre trenes y autobuses, habíamos decidido intentar de nuevo la gestión del alquiler de coche en Trieste o sino ver allí qué comunicación de autobuses tendríamos.

Sacamos el billete de tren a Trieste en una máquina que daba a elegir horario y vimos que quedaban 5 minutos subimos para el tren que nos dejaba a las 12 en Trieste, fue ese al que subimos sin recordar que era obligatorio validarlo.

Cuando habíamos alcanzado dos estaciones un revisor miró nuestros billetes y quiso cobrarnos una multa de 30€ por el error, otra pasajera quiso defendernos pero no tuvo efecto, así que para no pagar esa cantidad por un billete que sólo costaba diez, bajamos en la siguiente parada.

La estación en la que bajamos se llamaba Marco d’Altino, y hasta el siguiente tren a Trieste quedaban dos horas y media. Durante ese tiempo de espera recordamos que no estábamos en España porque el bar más cercano estaba a 2 km, así que con el equipaje a cuestas recorrimos el barrio residencial para tomarnos un café y empezar el dibujo del día.

De algún modo los vino bien el contratiempo porque en el segundo tramo hasta Trieste decidimos que no era tan importante el seguro completo, que la noche en Duvroknik podríamos dejarlo en un parking vigilado, con eso nos quitaríamos el temor por el cual preferíamos un seguro completo que cubriera el robo, y reducir el precio del alquiler a la mitad no estaba nada mal.

Llegamos a la estación de Trieste, a mi me llamó la atención por lo moderna y grande que se veía, pero el contraste me lo encontré al ir al aseo y ver que el sistema de urinario era el de la antigua roma, básicamente un agujero en el suelo.

De camino al alquiler de coches junto a estación de Ferry, íbamos con la idea fija de contratarlo con la misma empresa, pero al encontrarla cerrada preguntamos en la ventanilla contigua donde todo fueron facilidades, un precio razonable, sin plus por el alquiler de cadenas, con la posibilidad de añadir un día sin coste o devolverlo en otra sucursal del país. Nos ofreció un Fiat Panda gris, y aceptamos.

Por fin con coche, para mí la primera experiencia de ese tipo, coche desconocido y ciudad desconocida una sensación extraña al conducir alimentada por días preguntándome si sería difícil, la realidad era distinta a lo que hubiese imaginado.

Trieste una ciudad de aspecto triste (en Enero), pero bella, degradada pero organizada. Ahora el nuevo reto era averiguar si éramos capaces de orientarnos utilizando un mapa de carreteras; con la dependencia al GPS y la conexión vía móvil, volver al sistema analógico siempre genera la incógnita de si el retroceso es para peor o si es al contrario.

Nuestros primeros pasos por la ciudad para salir de Italia a Eslovenia, un poco torpes, tuvimos que dar una vuelta por perdernos, pero hizo que tomásemos la decisión de conducir por la costa, paisajes costeros, preciosos, mereció la pena, y pronto Adolfo se acostumbró al mapa y pronto parecía pan comido.

Nos recomendaron evitar la autopista eslovena porque de ese modo evitábamos pagar un pegatina obligatoria para circular por el país, así que circulamos por nacionales para atravesar el tramo de Eslovenia hasta Croacia. La antigua frontera de Eslovenia, desvalijada, daba forma al nuevo paisaje, los letreros en un idioma tan distinto, en un momento dado consultamos a un coche de policía, con un letrero en el que ponía “polizija” muy amables y se defendían con el inglés para indicarnos el recorrido.

Pasamos la frontera a Croacia, haciendo dos paradas en aduanas una para salir y otra para entrar cada uno con su puesto fronterizo, nos preguntábamos ¿de quién es el terreno entre ellos?.

Seguimos las recomendaciones del que nos gestionó el alquiler del coche, nos recomendó una ciudad que no aparecía en nuestra guía Buje, llegamos, aparcamos y en el primer sitio que encontramos indicado nos encontramos toda la hospitalidad croata e itraliana en una familia encantadora, él italiano de Trieste, ella Croata, y un niño de 7 años, unión de los dos hecho todo un conquistador, con sus palabras terminadas en “s” para hacerse el “interesantes”

Compramos algunas cosas para desayunar, la tienda más extendida por toda Croacia se llama Konzum.

Muy pronto se hizo de noche, pero decidimos dar un paseo por el pueblo a oscuras, la sensacion de soledad era patente, pasamos por una escuela de la que salían voces, parecía que aún estaban dando clases, era extraño hasta que nos dábamos cuenta de que aún eran las 6 de la tarde. Las luces y los sonidos tenían un ambiente místico, extraño, todo se tiñe de exotismo cuando comienzas un viaje y te atreves a experimentarlo con pocos sentidos.
Dimos con el cementerio, al horizonte guardaba unas vistas amplias, a pesar de la negrura.

Cenamos en un sitio que nos recomendó él, en la zona de Istria es especialmente típico el vino, el aceite (como buena dieta mediterranea) y las trufas, así que dimos cuenta de ellas pidiendo dos platos típicos en los que se incluía la trufa.

Al volver a la casa tuvieron el detalle de ponernos la televisión sintonizando la cadena española durante el telediario, todo lo que salía de ella eran malas y vergonzosas noticias, dio pie para charlar con ellos de muchas cosas, no olvidaré su amabilidad para solucionarnos la ruta por Istria, ellos tenían una empresa que consistía en realizar recorridos con un Jep, nos quedamos con ganas de experimentar lo que podria ser un viaje emocionante con un conductor que conocia el terreno y sin ningún miedo.

Dormimos en la casita para huéspedes, con el calor de la estufa de leña, no se podía pedir más.

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