A la mañana siguiente, a pesar de tener una noche movidita (me preguntaba si aquellos que dormían en las habitaciones contiguas pudieron dormir tranquilos con la banda sonora de mis viajes al aseo)

Era de madrugada y el cielo se veía ya de color azul, pero la luna aún no se había retirado, lo que le daba un aspecto aún más mágico a la situación.

El camino de acceso hasta la “tumba del tesoro” de Petra es bastante largo, pero desde el principio se pueden apreciar indicios de tumbas horadadas en la piedra.

Después de un tramo amplio en la que esas tumbas se veían distantes, el camino continuaba entre montañas, por una gruta estrecha de formación natural, pero trabajada ya por manos romanas para canalizar el agua hacia el interior. Se podía ver a los lados unos canales artificiales, uno podía imaginar que en un pasado contenían agua, servía a su vez para dar de beber a caballos y camellos y retener el agua de la lluvia.


De vez en cuando nos encontrábamos en las paredes rojizas alguna forma tallada como si fuese para un altar o similar, de forma rectangular y con un bajo-relieve en el centro ya desdibujado por el tiempo, irreconocible.

Alguna de ellas estaba acompañadas de un cartel que informaba de lo que los arqueólogos habían llegado a suponer que habría sido en su día. La más sorprendente de ellas era una de origen romano en la que se había tallado una fila de hombres con sus camellos, todo a tamaño real, estaba muy desdibujado ya, pero se podía distinguir las patas del camello con sus pezuñas, el volumen del cuerpo, las túnicas de los hombres y sus pies. Lo que me llamó más la atención es que habían jugado en algunas zonas a tallar el canal para el agua por detrás de las figuras, de forma que algunas patas de camello formarían un relieve completo y detrás de ella el canal transportaba su agua, quería imaginar aquello y me parecía grandioso, sólo ese camino hacia la entrada de la ciudad debía ser de una belleza inimaginable, de la que ya sólo podemos ver algo parecido a lo que encontraron en su origen, unos metros más amplio.

R. hacía bromas con la melodía de Indiana Jones, cada vez que parecía que nos toparíamos con “la tumba del tesoro” comenzaba a tararearla. El nerviosismo iba aumentando, intentábamos
anticiparnos a la sensación de encontrarnos con la tumba pero no era algo al alcance de nuestra imaginación.

Finalmente apareció entre las paredes esa maravilla tallada en la piedra. Tuvimos la gran suerte de que ese día no había apenas turistas y pudimos verla desde cualquier distancia el tiempo que quisimos.

El espacio se hacía más amplio en el lugar de la tumba, como una plaza central entre paredes de montaña. En el centro, presidiendo la vista desde la entrada, descansaba un gran camello. Una chica, que entraba al mismo tiempo que nosotros, lo primero que hizo al llegar fue acercarse al camello, ignorando por completo la tumba del tesoro.
Cada uno tiene sus prioridades, pero ésta prioridad cansada de tanto cariño le propinó un buen mordisco. Yo que estaba admirando la escena capté justo el momento de la dentellada, que por suerte no acertó y la dio al aire. Creo que en ese mismo momento la pasión de la chica por los camellos disminuyó, al menos, un poco.

Resulta indescriptible tener delante una obra así. Aquel lugar recibió visitas de numerosas culturas y civilizaciones, en su momento álgido, alrededor de la tumba. Posiblemente ésta fuese lo menos significativo, pero por suerte ha quedado su huella como recuerdo del pasado.

El aspecto es el mismo que almacenaba en mi recuerdo de infancia cuando la vi en la película de Indiana Jones y la última cruzada, aunque el escenario que lo rodeaba no me lo hubiese imaginado así, y mucho menos que al acercarme a la misma revelase a sus pies otra tumba bajo el suelo, como continuación de la conocida fachada.

Aún desconozco el uso y el acceso a la tumba que se veía debajo, tampoco era posible acceder a la tumba del tesoro, sólo podíamos verla a distancia, y horrorizarnos por el absurdo de aquellos que en el pasado dispararon sobre algunos relieves de la fachada, esperando encontrar el tesoro que daba nombre a la tumba.

La primera tumba conocida era aquella, pero nos quedaba mucho por ver. Teníamos un mapa con distintas rutas para recorrer, elegimos dejar el monasterio para el final y comenzar por la parte más complicada. Fuimos con calma, subiendo y bajando colinas y el paisaje desde cualquier ángulo era espectacular. Sin las tumbas ya lo era, por las formaciones rocosas y los distintos rojos, verdes, amarillos, blancos que formaban el terreno, era como una masa de barro de distintos pigmentos a medio mezclar y dejada secar. Petra tras la lluvia tiene que ser un espectáculo. Al contacto con el agua la roca intensificaba el color hasta un rojo intenso precioso.

Aquel día había tantos turistas como gente de la zona. Estos últimos con sus puestos de té y objetos varios, otros llevaban burros para transportar turistas y otros simplemente deambulan de un lado para otro. Los que más trabajaban, las mujeres y los niños. Los que parecían los jefes del sitio eran los chicos jóvenes, hasta el punto que aquello parecía una mafia, nos dio para unas cuantas risas aquello.

Había una chica en uno de los puestos cortando en ese mismo momento trozos de piedra traídos de otra parte con colores muy intensos. Le compramos unas de ellas.

En la cima de la primera montaña que recorrimos, con un paisaje precioso descansaban unos beduinos rastafari. Uno de ellos nos invitaba a comprar algo, le dimos una negativa cordial y respondió con un “don’t worry, be happy”.

Seguimos el recorrido coincidiendo con unos turistas alemanes. En el grupo nos llamó la atención una mujer verdaderamente mayor que iba en él, nos dejó asombrados por su energía y que se moviese con esa facilidad por un recorrido que no era del todo fácil.

Adelantamos al grupo y nos topamos con otra mujer anciana, pero en este caso era autóctona. La sorpresa fue mayor, no nos explicábamos dónde viviría, y si recorrería todos los días aquel camino tan difícil. Nos ofreció un té, J. y R. aceptaron, aunque preocupados por la procedencia del agua, ella aseguraba que lo había comprado en una tienda. Yo no me sumé al té no por el agua, sino por tener tener aún el estómago en las curvas del camino.

Más adelante llegamos a la tumba de los jardines, a mi me empezaron a flaquear las fuerzas y tuve que parar un rato.

Aquel lugar era un bonito ejercicio para la imaginación. Según se ponía ver en el cartel aquel valle entre montañas había sido en su tiempo un vergel lleno de plantas, en el que corría el agua y la abundancia. De eso sólo quedaba ya el esqueleto y algún que otro matorral.

Continuamos siguiendo un río seco que en algunos tramos aun tenía algo de humedad. Nos fuimos alejando poco a poco de la zona montañosa, recorriendo un valle amplio de colinas y poco atractivo turístico, pero rodeados de montañas imponentes con templos tallados a sus faldas.

Reparamos en una de ellas en el mismo instante en que comenzaba en canto del muecín. La ciudad de la que provenía el sonido quedaba a nuestras espaldas, pero las ondas sonoras rebotaban en la pared de la montaña y nos lanzaba el sonido amplificado. Nos quedamos en silencio, atónitos, ante la montaña que cantaba.

Todos los rastros de caminos empezaron a escasear hasta que creímos estar perdidos. Gracias al buen sentido de orientación de J. volvimos al redil turístico y llegamos a una zona abierta donde había varios restaurantes.

Aquel al que nos acercamos era un buffet libre, pero yo sólo quería comer un poco de arroz blanco. Le comentamos a un camarero la situación y se negó a esa opción -todo el menú o nada-, por suerte J. ya había entrado y pudo hablar con el encargado que no puso ningún problema.

Terminé antes que ellos y aproveché para sentarme un poco al sol. Quedé dormida al instante, en la misma postura que me había sentado. Creo que no sabía lo cansada que estaba, la ilusión de estar donde estaba camuflaba la realidad.

Los beduinos intentaban convencernos para que contratásemos sus servicios para subir la colina en burro. Estuve tentada, pero no hizo falta.

Llegamos al monasterio. En tamaño éste es mayor que la tumba del tesoro, y el espacio que lo rodea es abierto, de forma que se puede contemplar a gran distancia.

Frente a él había un puesto con unos bancos dispuestos como para ver una representación, fue una gozada sentarnos ahí tomando una limonada con menta, nos sentíamos los reyes en ese momento.

Más allá del chiringuito había también unas vistas sobrecogedoras. Desde distintas colinas a las que se podía acceder, indicadas cada una con un cartel con el mensaje “the best view” eran la mejor vista de un espectáculo de acantilado que continuaban con más montañas, en ese momento se estaba ocultando el sol tras ellas, por eso la vista desde cualquiera de las cimas siempre sería la mejor. Para dar más ambientación al momento un beduino comenzó a tocar un instrumento similar a la mandolina y a cantar muy bajito. Intenté guardar ese momento en mi memoria.

Regresamos al chiringuito para admirar el cambio de color del monasterio debido a la puesta de sol.

Los bancos estaban colocados para admirar un espectáculo. La representación no se hizo esperar, y es que los chicos de la zona se dedicaban a trepar por la colina y subir a la parte más alta del monasterio. Pasaban de un lado a otro saltando. Cuando uno hacía algo que parecía increíble el siguiente lo superaba.

Cuando se cansaban pasaban a la zona del chiringuito, donde estábamos nosotros. El aspecto de la mayoría de ellos hacía pensar que fueron la influencia para el personaje de Jack Sparrow: ojos pintados, pelo largo y pañuelo en la frente.

Entre los escasos turistas había una pareja con un niño, ella tejía y su marido le hacía fotos posando con las labores.

Poco después llegó otro grupo de personas, entre ellos unos que llevaban una cámara sujeta a un dron teledirigido, lo que despertó la atención de todos. La escena estaba volviendo bastante extraña mientras la fachada del monasterio iba enrojeciendo por momentos según caía el sol.

Yo me quedé sentada observando. J. y R. fueron a hablar con los chicos del dron. Pero éstos no eran muy habladores. Se acercaron también unas chicas que andaban por allí, que también habían intentado sin éxito sacarles información. Gracias a esa coincidencia comenzaron a hablar del viaje que estaba haciendo cada uno. Ellas estaban planteando también ir en la misma dirección que nosotros, pero no tenían transporte, así que les propusieron unirse a nuestro viaje y compartir los gastos del coche.

Mientras regresábamos aún había luz cuando pasamos por la zona más escarpada. Con nosotros tres estaban las dos chicas, Harmonia y Lucy y dos beduinos jóvenes. Uno de ellos, el más hablador, comenzó a charlar con H. subido a su burro, contándole una historia sobre las mujeres que se casan con los beduinos. La escena parecía sacada de una película.

No calculamos del todo bien para conservar algo de luz al regreso. Porque la noche se nos cayó encima y aún teníamos una hora de camino, fue una suerte, porque la sensación de estar solos en Petra nos hacía sentir muy privilegiados.

Cuando el beduino del burro vio que la conversación con la chica no daba más de si, se acercó a nosotros. Después de informarse de nuestra procedencia y detalles del viaje, propuso que nos uniésemos a una cena en la cueva que había organizado para la familia americana (la pareja y el niño).

Nos dijo que prepararía una cena con comida típica en una cueva iluminada con velas y nos irían a recoger al hotel para llevarnos al lugar, cercano a la “little Petra”. A cambio sólo tendríamos que pagarles “la voluntad”, la verdad es que era una propuesta difícil de rechazar.

Llevamos en el coche a las chicas a su hotel y luego llegamos al nuestro, para darnos un pequeño descanso. Después de esto, llegaron los anfitriones en un magnífico todo-terreno de Toyota, y nos invitaron al seguirlos en nuestro coche, un coche automático que en las cuestas a duras penas podía rodar hacia adelante. El conductor del Toyota pisaba el acelerador con alegría, y a cada tramo tenía que frenar para esperarnos. Varias veces se acercaron a decirnos que acelerásemos, pero no contaban con las limitaciones inevitables del coche y la ventaja para ellos de las curvas acelerando en ellas prácticamente a oscuras, mientras que nosotros nos movíamos por una carretera totalmente desconocida.
Lo más sorprendente del camino vino cuando atravesamos una pequeña población de casas bajas, todas muy parecidas, en las que podías notar el bullicio en su interior y desolación en las calles. El asfalto estaba parcialmente cubierto de arena y la basura. El abandono era más que notable. Como si de perros sin dueño se tratase, podía verse burros comiendo de la basura, sin ningún tipo de cuerda, amarre o montura que indicase que aquellos animales fuesen propiedad de alguien.
La parada tenía como objetivo recoger algunas compras que habrían encargado previamente para la cena.
Continuamos la travesía. Esta vez con uno de los beduinos en nuestro coche para indicarnos la salida si era necesario. En un punto de la carretera nos dio indicaciones para salir por un camino de tierra. Después de avanzar un poco nos preocupaba que, siguiendo por aquella senda, la tracción a las dos ruedas no fuese suficiente para sacarnos de allí. Así que dejamos el coche en medio de la nada y seguimos andando.

El cielo estaba despejado aunque con una capa brumosa y la luna estaba bastante entera. De forma que, una vez la vista se acostumbraba, podíamos ver las formas básicas sin otro tipo de iluminación. Pronto llegamos a la cueva, una roca en medio de una pequeña llanura arenosa, con una escalera tallada. Tenía una buena localización, por el día tendría unas bonitas vistas.

Nos extrañamos al distinguir al lado de la roca un autobús y un montón de personas apelotonadas en la superficie frente a la cueva, nos dijeron que había otra cena organizada antes que la nuestra y que tendríamos que esperar. A nosotros nos daba la risa, aquello era un auténtico negocio, aquí ya empezábamos a hacer cálculos y bromas con la mafia beduina. Nos hicieron pasar algo más adelante, a una caseta prefabricada para hacer tiempo hasta que la cueva estuviese disponible.

Cuando entramos, la habitación estaba a oscuras. Sólo podíamos ver los rescoldos de un brasero situado en el centro de la estancia. Nos sentamos obedientemente alrededor del fuego en el suelo, distinguiendo a duras penas la presencia de otras personas también sentadas con nosotros.

Mientras manteníamos silencio, los beduinos que nos trajeron hasta allí se afanaban en arrancar un generador, para poder poner en marcha la iluminación. Por unos segundos se hizo la luz y entonces vimos el escenario que nos rodeaba, adornado con una escopeta apoyada en la pared. Había ocho personas más, la familia americana, un hombre adulto y al otro lado, tapados con una manta hasta los ojos una mujer y un niño y otros dos hombres a mi izquierda.

Aquello posiblemente sería su vivienda habitual. Estuvimos un largo tiempo en aquella estancia. Por algunos momentos lograron estabilizar el generador manteniendo el espacio iluminado. Durante ese tiempo estuvimos charlando con la familia americana, que nos contaba, por ejemplo, la necesidad tener armas en su rancho porque los osos entraban a las casas para comerse a los niños. También nos hablaban de que en su Estado estaba permitido llevar armas de fuego siempre que estuviesen visibles, podías entrar en un supermercado con una escopeta o cualquier otra arma si no la llevabas escondida. Sin embargo era incompatible con la bebida, si bebías una sola gota de alcohol o entrabas a un bar con escopeta serías inmediatamente reducido. Yo me imaginaba a la policía apareciendo de la nada. También nos comentaban que su viaje a Jordania enlazaba con la visita a un centro de fertilidad de Irán, que era, según decían, el mejor del mundo.

La mujer llevaba buen ritmo con la colcha que estaba tejiendo, no importaba si se iba la luz, tenía colgado del cuello una pequeña linterna que sujetaba con los dientes. El niño, que según dijeron tenía 14 años, estaba agotado hasta el punto de dormirse en cualquier postura.
Los padres nos decían orgullosos que el chico manejaba muchos idiomas, entre ellos el Español, así que le animaron a que nos hiciese una demostración. Fue curiosa la forma en la que se produjo aquello, porque al comenzar a hablar parecía ser para él un esfuerzo inhumano construir las primeras palabras, pero de manera asombrosa cambió su expresión y las palabras se volvían ágiles en su boca y parecía que era otra persona ya la que estaba hablando, al terminar la frase poco a poco se fue apagando y volvió a su letargo original.

Cuando nos pusimos en pie para pasar a la cueva uno de los hombres que estaban en la habitación le enseñó a Juan unas monedas antiguas que comentaba había ido guardando desde pequeño y que eran auténticas monedas nabateas, pedía por una de ellas a partir de 800 jordanos. A mí lo que me llamó la atención fue que mientras éstos hablaban los otros dos hombres sentados en el suelo cuchicheaban y los miraban con atención. Aquello no podía ser más sospechoso.

Pasamos a la cueva. Efectivamente, la escalera y el interior estaban iluminados con velas.


Allí nos quedaba otra larga espera mientras preparaban la cena, justo delante de la entrada a la cueva. Continuamos la charla. Nos contó la mujer que, un día antes, tenían a un guía para acompañarles en la visita, y que en un momento dado éste se propasó con ella y por si no era suficiente, el guía replicaba que ella lo había provocado. Parece ser que pidieron ayuda a los mismos chicos que esa noche nos preparaban la cena, y que ellos se encargaron de darle su merecido. Mientras lo contaba, ella hacía un gesto recorriendo su cuello con el índice extendido. No dio más detalles.

En un momento dado, oímos cómo se aceraba otro coche a la cueva. Los que iban en él se acercaron a nuestros anfitriones hablando en un tono algo hostil, éstos les respondían en un tono parecido, la conversación fue subiendo de temperatura hasta llegar a los gritos. Decían que querían hablar con la mujer. Ésta no salía de la cueva y seguía tejiendo.

En un momento dado ella se levantó y acercó a hablar, pero los beduinos que estaban con nosotros se pusieron más protectores y llegaron a la pelea. En ese momento nos mirábamos los tres atónitos, la idea de la mafia beduina estaba superando nuestras expectativas, comentábamos en broma que teníamos “cena con drama”. El marido también salió en tono tranquilizador y apacible. Al verse superados en número los visitantes dieron la retirada entre gritos y maldiciones. Fueron directos al coche y comenzaron a conducir en círculos en símbolo de protesta, eso duró un tiempo, nosotros estábamos preocupados porque estaban peligrosamente cerca de nuestro coche y no sabíamos de qué eran capaces. Finalmente se fueron pasando por su lado y respiramos aliviados.

El beduino que nos había invitado a la cena entró en la cueva descamisado, sin el turbante y encendido por la pelea. Respiraba con nerviosismo y justificaba el suceso diciendo que habían venido bebidos, al oír esta versión tanto la mujer como el marido lo repitieron como un mantra. A nosotros nos faltaba información para entender lo que pasaba, pero para nada nos parecía que aquella gente estuviese bajo la influencia del alcohol ni nada parecido. La pareja estaba preocupada por la posibilidad de que volviesen armados, pero los chicos aseguraron que no había ningún peligro en ese sentido.

Con el fragor de la pelea, nuestra cena había volado por los aires, brasas incluidas, así que tuvieron que empezar de nuevo. Ente las teorías que barruntamos la que cobró más sentido fue que la gente que había venido tan enfadada había acordado con la mujer una cena igual para esa noche, y todo se debía a un enfrentamiento sobre territorios y clientes.
Cuando la cena estuvo lista trajeron unos panes parecidos al pan de pita pero de gran diámetro, la masa era muy tierna y sabrosa. La comida estaba cocinada en papel albal al calor de las brasas, se trataba de distintas verduras con una carne que parecía proceder de un embutido al que le ha quitado la piel y cortado en trozos iguales, la carne era muy tierna, era lógico descartar que tuviese origen porcino.
También venía acompañado de yogur en su tarrina de plástico.

No contaron con cubiertos ni vasos, así que comimos con las manos y fabricaron unos vasos a base de cortar botellas de agua vacías. Todo muy tradicional.

Yo que me había apuntado a la cena por la experiencia más que por la comida, cogía muy pocas cantidades por miedo a empeorar el dolor que ya tenía en el estómago. Cuando el beduino vio que comía poco me preguntó, después del exceso de experiencia más que darle una respuesta convincente agilicé mi ritmo, por suerte no tuvo consecuencias.

Al terminar la cena, en secreto el marido y los beduinos nos dijeron que era el cumpleaños de ella y que tenían una tarta preparada, así que encendieron las velas y cantamos “happy birthday”. Nuevamente la falta de utensilios agudizó el ingenio para servir las porciones, cortaron la tarta con una navaja que se hundía en el merengue del doble de altura que el filo y trozos del cartón del envoltorio sirvieron de plato para cada porción.


La tarta de merengue, hojaldre y frutas estaba deliciosa. Fue un dulce final para un día largo e intenso que esperamos no olvidar.

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