Ese mismo día teníamos que dejar la ciudad y encaminarnos hacia el desierto de Wadi Rum. J. no quiso marchar sin despedirse formalmente de aquella maravilla de lugar. Así que regresó con a intención de hacer algunas fotos panorámicas. Aquella mañana había tantos turistas que hacían muy difícil la visita. Por suerte, coincidió allí con Harmonia y recorrieron las zonas que no habían podido ver al regreso.

Por mi parte, decidí tomarme un respiro. Sabía que, si no administraba mis energías, en los días que quedaban por delante no podría mantener el ritmo. El hotel tenía una piscina, así que decidí tomarme un baño y nadar con calma. Me encantó la experiencia, porque la piscina tenía una claraboya y una decoración preciosas y no había nadie más bañándose. Pero, por otro lado, pasé cierto pudor. Había un hombre del hotel realizando el mantenimiento de los alrededores de la piscina. Teniendo en cuenta la mentalidad general de la zona, no podía saber hasta qué punto podía estar haciendo algo mal visto. En todo caso, me concentré en relajarme y recuperar las fuerzas.

Comimos los tres en el propio hotel en una terraza con la única compañía de los gatos. Era aún muy pronto para dar las comidas. Hicieron una excepción con nosotros en cocina para que pudiésemos comer.

Recogimos a Hamonia y Lucy. Era Harmonia la que había organizado la estancia en el desierto por dos noches. Había muchas opciones para contratarlo. Desde la recepción del hotel se podía. Incluso los beduinos de la noche anterior nos propusieron un plan para visitar un desierto parecido al de Wadi Rum, según ellos menos masificado. Pero ella confiaba en la seriedad de la persona que le había recomendado aquella opción.

Las formaciones montañosas que se podían ver alejándonos de Petra, me resultaron asombrosas. De una variedad y riqueza en matices que aquello parecía hecho para ser admirado. Las cámaras de fotos se quedaban cortas intentando capturar aquella belleza natural.

La vía que llevaba al lugar tenía tramos en buen estado y otros no tanto. La carretera era parecida a lo que nosotros conocemos por autovía. Con la característica de que cada pocos metros podías girar atravesando la mediana. Y que de vez en cuando algún conductor podía elegir adelantarte por la derecha. Lo que hacía lógico que la velocidad máxima permitida en muchos tramos fuese de 90km/h. Así que no había otra opción que extremar la precaución y tener paciencia.

Las indicaciones que por teléfono le daba el contacto de Harmonía no dejaba las cosas muy claras. Pero la hora de llegada y lugar eran las mismas. Temíamos que dejar la carretera principal en una salida concreta. Las señales viales en Jordania están indicadas en árabe e inglés. Pero en algún momento, no sé si reciente, hicieron elecciones y todos los carteles propagandísticos los colocaron en las señales de la carretera. Algunas, totalmente cubiertas por fotos descoloridas del mismo señor con turbante. Lo cual se convirtió en un obstáculo añadido para distinguir la salida correcta. Tanto aquello como la poca precisión de los dos mapas que llevábamos para orientarnos.

Tomamos la salida antes de tiempo entrando en una zona contigua a la carretera con un asfalto más estrecho. Había camellos campando a sus anchas y de vez en cuando podíamos ver casas o tiendas diseminadas. Al vernos desorientados preguntamos a unos hombres mayores, convencidos de que la comunicación con ellos iría ser más gestual que verbal. Sin embargo, después de preguntarles, nos respondieron en un perfecto inglés. Una cosa que no dejaba de asombrarnos.

Finalmente encontramos el camino correcto regresando a la autovía y haciendo una maniobra más propia de una rotonda que de un tramo de autovía con coches circulando a 90 km/h. La carretera que llevaba al centro de visitantes de Wadi Rum la habíamos visto días antes de comenzar el viaje usando la magia de google maps. Aquella vez vimos unas fotos de unas vías de tren y un tren de vapor con vagones antiguos. Nos preguntamos si seguiría allí, y en efecto, lo encontramos, aunque la foto no salió del todo bien por la prisa que llevábamos.

Llegamos al centro de visitantes. La orografía formaba entrada natural entre montañas monumentales. Sin embargo, la reciente construcción de la entrada tenía un gusto estético poco acertado. Pienso que un estilo más austero habría podido integrarse mucho mejor en el paisaje.

Dejamos el coche en el parking y subimos al todo-terreno que conducía el organizador del tour. Nos transportó en él junto con nuestras maletas.

Nos dejó en el campamento base dentro de la zona protegida del desierto. Cuando oía el nombre de “zona protegida” me veía a la cabeza que fuera de ella podría suponer algún peligro para nosotros. Nada más lejos de la realidad. Se referían con ello a la zona protegida por la Unesco. El desierto estaba protegido ante la posibilidad de que algún magnate quisiera montar un macro-hotel estropeando las maravillosas vistas del desierto, peculiar por el color de su arena. Eso no impedía que estuviese lleno de campamentos como el nuestro. Éstos, a la distancia, parecían querer camuflarse mínimamente. Tampoco impedía que hubiese más tráfico de todo-terrenos que en alguna carretera provincial.

El hombre que nos trajo en el todo-terreno se marchó tan pronto como bajamos el equipaje. A cargo de las tiendas y de nuestra estancia estaba un chico Egipcio que nos dio la bienvenida.

Poco después dimos un paseo, sin alejarnos demasiado del campamento, para admirar el espectáculo producido por los últimos rallos de sol sobre la arena de un color entre rojo y salmón. El color de la tierra mezclada con el del atardecer generaba un juego de colores naranjas, violetas y azules. Hubo un momento mágico en el que todo el conjunto de formas y colores se alinearon en una perfecta armonía, de tal modo que parecía irreal. Parecía una acuarela de pinceladas sutiles hasta el extremo, en las que ninguna sombra contrastaba con otra.

Es muy difícil describir aquel momento, que sólo duró unos minutos. J. y yo intentábamos con mucha frustración hacer unas fotos dignas para al menos poder rememorar y enseñar aquella obra de la naturaleza. Pero el corrector de contraste de las cámaras mataban la belleza tan sutil de color. Así que lo dimos por imposible, hicimos un alto al fuego y nos concentramos en capturar el recuerdo de la luz, el sonido, la temperatura de aquel instante. Creo que todavía consigo revivir ese momento cerrando los ojos.

Otro fenómeno, al que dedicamos bastante tiempo, se percibía caminando mirando al suelo. Tal vez producto de las condiciones de viento y el tipo de arena. El suelo era un mapa atemporal de todas las criaturas que lo habían pisado en algún momento. Podíamos ver huellas de todo tipo. Como habíamos oído hablar de lo peligrosos que eran los escorpiones en aquel desierto, para nosotros cualquier huella indescifrable era de escorpión. Luego veíamos un escarabajo dejando unas huellas idénticas y no tardábamos en atribuir al escorpión otro tipo de huella desconocida. Más tarde nos dirían que los escorpiones no salían de la madriguera hasta el verano, y estábamos en noviembre.

Encontramos también, ya de regreso al campamento, una seta. Parecía estar cerca de convertirse en fósil.

En el campamento había una tienda-comedor con iluminación alimentada por un panel solar, una chimenea de obra y cómodos asientos, el suelo a su vez cubierto por alfombras.

El chico egipcio demostró ser un gran cocinero. La primera noche nos hizo un arroz muy parecido al de la paella, con pollo y pimiento, pensaba al principio que el condimento que daba el tono amarillo al arroz podría ser cúrucuma, porque habíamos probado otros platos condimentados con ella, pero el sabor era de azafrán, de hecho en Jordania también se cultiva.

Después de la cena, Lucy y Harmonía se animaron a fumar en Cachimba o “Shisha” con el chico egipcio.
Éste era bastante reservado, y también tremendamente educado, cualquier cosa que hacíamos que no le gustaba se reflejaba un gesto sorpresa en su cara, pero guardaba silencio, y ante cualquier signo de amabilidad respondía con extrema gratitud. Intentamos abrir conversación preguntándole qué opinaba sobre lo que estaba pasando en su país, no sacamos mucha información, pero fundamentalmente supimos que no lo aprobaba y no quería volver a pesar de tener familia allí.

Para rematar la noche decidimos salir a buscar estrellas fugaces. A R. se le ocurrió sacar una de las camas del campamento para tumbarse cómodamente en ella mientras miraba al cielo. En el tiempo que estuvimos llegamos a ver unas cuantas, el cielo parecía despejado pero había una fina capa de niebla que no permitía verlo del todo definido, aunque la vía láctea podía distinguirse perfectamente.


La imagen de R. y H. en la cama en medio del desierto parecía una escena sacada de Little Nemo. El resto nos fuimos a la cama mientras ellos se quedaron compitiendo por el mayor número de estrellas fugaces. Según nos contaron, el egipcio salió a vigilarlos a la distancia, en silencio, fumando. Creo que no aprobaba aquel comportamiento.

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