Habíamos contratado en el hotel un viaje a Jerash, castillo de Ajlun y Am Quais, así que despertados, aseados y desayunados salimos de camino con el conductor en un Hunday con navegador en coreano del que no pasamos de la primera pantalla. El conductor muy bien vestido estirado y amable hablaba poco inglés, nos costaba comunicarnos sobre todo porque no nos entendíamos los acentos mutuos, pero merecía la pena el esfuerzo porque siempre acabábamos soltando alguna carcajada. El primer destino Jerash venía a ser una especie de Pompeya abandonada en este caso por sucesivos terremotos, fue en su momento una de las ciudades romanas más grandes de oriente y se podía imaginar el esplendor por el enorme templo de Zeus y las interminables filas de columnas que atravesaban la ciudad.

De jerash partimos al castillo de aljun, un castillo templario para el que solo teníamos media hora de visita y era un verdadero laberinto.

Roy preguntó de dónde traían los plátanos que se venden en Jordania, éste le respondió que los pequeños son del país y los grandes venían de fuera, en el trayecto pasamos por delante de un hombre que los vendía, así que tuvimos ocasión de probar los plátanos jordanos por cortesía del conductor.

Dos horas de viaje para el siguiente lugar, otra ciudad romana enorme en la que utilizaron piedras negras fundamentalmente para la construcción, lo que le otorgaba una identidad muy característica.

Junto a ellas también se conservaban construcciones otomanas en muy buen estado.

En el horizonte no demasiado lejano podíamos ver el mar Mar de Galilea y los Altos del Golán, un paisaje impresionante.

Al regreso nos esperaba un largo trayecto hasta Amman, comimos en una zona universitaria repleta de restaurantes muy similares en los que sólo servía pollo en las distintas variedades de fast food, el que elegimos finalmente la cena fue muy abundante y deliciosa por un precio mínimo.

Llegamos al hotel en Amman y allí pasamos una tarde con calma en el bar del hotel hablando y disfrutando del ambiente.

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